DE NAVIDADES...
Hay regalos que Papa Noel, aunque existiera, no podría darme. Desde niño siempre mis mayores anhelos materiales esperaban su consecución en épocas navideñas. La clásica bici BMX y los muñecos de los transformes estaban dentro de mis primeras necesidades consumistas infantiles que recuerdo. La bici BMX, por cierto, nunca llegó a tiempo y cuando por fin llegó, apareció en versión montañera. Ya se darán cuenta ustedes de cuanto tiempo demoró Papa Noel en conseguir una simple y corriente bici BMX, y que no me venga con cuentos chinos porque a vecinos míos ya hasta les había dado moto. San Nicolás debería revisar la eficiencia de sus proveedores y/o couriers porque el servicio que prestan en verdad es tan diligente y puntual como el del IESS en época de entrega de fondos de reserva, y suerte que aún en esas épocas no estudiaba leyes, porque le hubiera reventado con una demanda ante la tribuna del consumidor. Por este tipo de incumplimientos, no es raro que se rumoree que la señora de Clos (“Merry Christmas”) le pone los cachos a Santa con el Abominable Hombre de las Nieves.
Otra de las muestras de auténtica eficiencia del servicio de “Rodolfo el Reno Express”, sin duda fue la obtención de mis primeros aparatos de juegos de video. El Atari, bendito instrumento tecnológico y piedra angular del desarrollo del entretenimiento humano, llegó a mí con un retraso relativamente moderado. Fue mi primer encuentro con las consolas de juegos de video, el comienzo de una relación estable y duradera que se ha mantenido a través de los años (es que como dicen por ahí “no hay nada mas lindo y puro que el primer amor” y este fue a primera vista).
Cuando esperaba que la “relativa” puntualidad en la llegada del Atari se convirtiera en un patrón de oportunidad natural, Santa Claus riéndose de mí con su JO JO JO pisoteó nuevamente mi fe y la destruyó por completo. Mientras yo me las arreglaba de manera acrobática, para maniobrar con la vigésima palanca de control del Atari refaccionada, que por cierto solo funcionaba del centro para la derecha, ya existían niños que presumían de su Nintendo e incluso otros, que seguramente deben haberse comportado de manera extraordinaria e intachable o presumo que vivían cerca del polo sur y tenían “influencias” con Papa Noel, a los que ya les había llegado el Supernintendo. Y tampoco me pueden decir que no me llegaban los regalos a tiempo porque faltaba chimenea en mi casa, porque si la había, claro que estaba un poco chiquita y quemada por un incidente con mi hermano mayor y un galón de gasolina en una de sus incomparables fogatas que eran auténticos simulacros de incendio de la casa entera, pero aun con eso perfectamente cabía un aparato tecnológico dentro de la chimenea. Si incluso había espacio físico para que se parqueen los renos y si gustasen coman un poco de las plantas de mi mama, porque de hierba a esas épocas no había ni una “chamba”, seguramente esto resultado de que en el jardín de mi casa se enterraron aproximadamente unas 5893 lagartijas y una tortuga importada del Puyo en pecera. Era un camposanto de reptiles, que me imagino no contribuyó como abono.
Tiempo después y ante la falta de atención a mis peticiones y ya con el Playstation en circulación, no quedó de otra que comprarse uno mismo el Supernintendo, claro que ya estaba totalmente pasado de moda y no era ningún logro tenerlo ya para esas épocas.
El día que Papa Noel murió para mí (llamaremos así al día en que supe que no era mas que un cuento), sucedió con el avistamiento in fraganti del tropiezo de mi papa con destrucción del árbol navideño incluido, mientras intentaba entrar a hurtadillas a nuestros cuartos a la media noche con la intención inocente de dejar los regalos al pie de nuestras camas. A este punto ya estaba claro que Papa Noel no era más que un invento de mis padres para justificar sus negativas a regalos sofisticados
Otra de las muestras de auténtica eficiencia del servicio de “Rodolfo el Reno Express”, sin duda fue la obtención de mis primeros aparatos de juegos de video. El Atari, bendito instrumento tecnológico y piedra angular del desarrollo del entretenimiento humano, llegó a mí con un retraso relativamente moderado. Fue mi primer encuentro con las consolas de juegos de video, el comienzo de una relación estable y duradera que se ha mantenido a través de los años (es que como dicen por ahí “no hay nada mas lindo y puro que el primer amor” y este fue a primera vista).
Cuando esperaba que la “relativa” puntualidad en la llegada del Atari se convirtiera en un patrón de oportunidad natural, Santa Claus riéndose de mí con su JO JO JO pisoteó nuevamente mi fe y la destruyó por completo. Mientras yo me las arreglaba de manera acrobática, para maniobrar con la vigésima palanca de control del Atari refaccionada, que por cierto solo funcionaba del centro para la derecha, ya existían niños que presumían de su Nintendo e incluso otros, que seguramente deben haberse comportado de manera extraordinaria e intachable o presumo que vivían cerca del polo sur y tenían “influencias” con Papa Noel, a los que ya les había llegado el Supernintendo. Y tampoco me pueden decir que no me llegaban los regalos a tiempo porque faltaba chimenea en mi casa, porque si la había, claro que estaba un poco chiquita y quemada por un incidente con mi hermano mayor y un galón de gasolina en una de sus incomparables fogatas que eran auténticos simulacros de incendio de la casa entera, pero aun con eso perfectamente cabía un aparato tecnológico dentro de la chimenea. Si incluso había espacio físico para que se parqueen los renos y si gustasen coman un poco de las plantas de mi mama, porque de hierba a esas épocas no había ni una “chamba”, seguramente esto resultado de que en el jardín de mi casa se enterraron aproximadamente unas 5893 lagartijas y una tortuga importada del Puyo en pecera. Era un camposanto de reptiles, que me imagino no contribuyó como abono.Tiempo después y ante la falta de atención a mis peticiones y ya con el Playstation en circulación, no quedó de otra que comprarse uno mismo el Supernintendo, claro que ya estaba totalmente pasado de moda y no era ningún logro tenerlo ya para esas épocas.
El día que Papa Noel murió para mí (llamaremos así al día en que supe que no era mas que un cuento), sucedió con el avistamiento in fraganti del tropiezo de mi papa con destrucción del árbol navideño incluido, mientras intentaba entrar a hurtadillas a nuestros cuartos a la media noche con la intención inocente de dejar los regalos al pie de nuestras camas. A este punto ya estaba claro que Papa Noel no era más que un invento de mis padres para justificar sus negativas a regalos sofisticados
Ya llegada la juventud, y bajo el modelo de economía familiar diseñado por mi madre, las navidades se convertían en la época de renovar el closet. (Estrictamente existían dos épocas de compra de ropa en mi familia, antes de comenzar clases y en navidad). No era raro recibir, en ese entonces, una linda chaqueta de jean que coincidencialmente era del mismo color y características de las del uniforme de mi colegio. Y por tanto ya para estas épocas se acabaron Papa Noel, los juguetes y otros artefactos de diversión.Ahora cuando pienso en lo que quiero en navidad, y esto que voy a decir es totalmente sinceridad al desnudo, concluyo que lo tengo todo… ¿Acaso ese no es el objetivo de la navidad, el sentirse llenos y completos?... Hay cosas que nunca pedí en una carta dirigida a Santa Claus, pero que la vida por mi suerte incomparable me las dio. Gracias por que aunque no exista Papa Noel, siempre he tenido lo que y a quienes he querido.
"Sin lugar a dudas, es importante desarrollar la mente de los hijos. No obstante el regalo más valioso que se les puede dar, es desarrollarles la conciencia".

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